Ssimbwa Lawrence es presbítero misionero de la Consolata; actualmente trabaja en Colombia.  


martes, 14 de abril de 2026

San José Allamano: La Resurrección de Cristo es una fiesta de alegría.

 

En un mundo de hoy lleno de guerras, confrontaciones, polarizaciones, odios y tristezas, la Resurrección de Cristo nos irradia de paz y alegría. Más aún, la Resurrección de Cristo es el fundamento de la fe cristiana, el centro de la predicación y del testimonio de la Iglesia hasta el final de los tiempos. La Pascua es la fiesta principal, la más importante de todo el año, "el fundamento y el núcleo de todo el año litúrgico" (Concilio Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, 106). Como dice San Pablo en su primera carta a los Corintios: “Si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, y vana también la fe de ustedes” (1 Corintios 15:14).

San José Allamano ofrece varias enseñanzas sobre la Pascua de resurrección del Señor como fuente de alegría para los creyentes y de forma especial para los misioneros de la Consolata. La resurrección de Jesús es una fuente inagotable de alegría y esperanza para los cristianos, pues en la Pascua, celebramos el triunfo de la vida sobre la muerte y renovamos nuestra fe en el amor de Dios. Por eso, la Pascua de Jesús es una fiesta porque “Cristo después de resucitar no muere más porque la muerte ya no tiene poder sobre Él” (Rom 6,9). La resurrección de Cristo suscita en los cristianos alegría y fervor. Al respecto, San José Allamano reitera que, “debemos resucitar en el fervor; no solo del pecado, sino de todas nuestras debilidades. Conservemos siempre el fervor que sentimos en esta fiesta. (…) ¡No tengan miedo de ser demasiado fervorosos”!  (Así los quiero, p. 114).  Es decir, la resurrección de Cristo infunde siempre el ánimo y entusiasmo en el seguimiento de Cristo y en el apostolado misionero.

La Pascua de resurrección de Cristo es una oportunidad para experimentar el espíritu de alegría. Desde la celebración de la Vigilia pascual, se canta con fuerza el aleluya que expresa la alegría de la resurrección. La liturgia de la resurrección expresa la alegría a través del salmo 117: “Este es el día que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo”. Del mismo modo, en el tiempo pascual se dirige a la virgen María con la expresión de alegría: “Reina del cielo, alégrate, aleluya”. Todo eso muestra que la Iglesia experimenta el espíritu de alegría en el tiempo de la Pascua de resurrección de Cristo. Acerca del espíritu de alegría, san José Allamano aclara lo siguiente: “estemos siempre alegres, todos los días, todo el año. El Señor quiere que estemos siempre alegres, incluso mientras dormimos, como los niños que cuando duermen, tienen una expresión tan bella y sonriente. Con alegría se vive mejor y más perfectamente” (Así los quiero, p. 115). La alegría es tener el espíritu de ánimo, pues ella se opone a la tristeza y a la melancolía.

La alegría de la Pascua debe acompañar siempre a los misioneros. San José Allamano quiere que los misioneros y misioneras de la Consolata estén llenos de la alegría evangélica que caracteriza a los consagrados del Señor. Dice al respecto: “Propongámonos vivir una vida santamente alegre y fervorosa. Una comunidad donde todos tuvieran este propósito sería un anticipo del paraíso. Debilidades siempre habrá, pero estamos aquí para aceptarnos, sostenernos y santificarnos…No quiero que ésta sea la casa de la melancolía, sino de alegría. Los quiero alegres” (Así los quiero, pp. 114-115).

La Pascua significa también experimentar la paz del Resucitado. Pues la paz y la alegría son absolutamente inseparables. Cuando Jesús apareció a los apóstoles después de la resurrección, lo primero que les deseó fue la paz. La paz es el fundamento de una sociedad o comunidad alegre. Es imposible que los habitantes de una sociedad o un país sean alegres sin la paz. Por eso afirma san José Allamano que “es necesario estar en paz con Dios, cumpliendo su voluntad, en paz con nosotros mismos, evitando las distracciones, controlando las pasiones y liberándonos de los deseos inútiles; y en paz con el prójimo, sobre todo aceptando sus límites y tratando bien a todos. Tambien podemos conservar la paz en medio de los sacrificios y las dificultades, pero no cuando pecamos” (Así los quiero, p. 114).

San José Allamano advierte a los misioneros de la Consolata acerca de los elementos que pueden obstaculizar que haya alegría en una sociedad o comunidad. Para él la alegría “no consiste en la disipación, en gritar fuerte, en poner la casa patas para arriba. Hablar, sonreír, pero sobre todo con moderación, porque la alegría es una virtud; estén atentos a no salirse de los carriles” (Así los quiero, p. 116). Asimismo, “la alegría se opone a la tristeza. Es necesario animarse para que la tristeza no se transforme en desesperación. Cuando se vive en melancolía ya no se puede hacer el bien. (…) Venzamos la tristeza con la oración, con el deseo de santificarnos, contentos de nuestro estado actual, aceptando el bien y el mal de las manos de Dios; y con paciencia, para soportar las adversidades. Propongámonos vivir una vida santamente alegre y fervorosa” (Así los quiero, p. 116).

En conclusión

El mensaje de Pascua de san José Allamano a los misioneros de la Consolata es contagiarse de la alegría evangélica: “Los quiero alegres. Hay que estar bien de alma y cuerpo. Yo deseo que se conserve y crezca cada vez más el espíritu de tranquilidad, de libertad, de serenidad. Este es el espíritu que yo quiero: ¡siempre alegría, siempre caras alegres! “(Así los quiero, p. 117). Que la Pascua de resurrección de nuestro Señor Jesucristo irradie de alegría y paz a las personas en varios lugares del mundo donde se vive la tristeza de guerras y conflictos.  

 

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