En un mundo de hoy lleno de guerras, confrontaciones, polarizaciones, odios y tristezas, la Resurrección de Cristo nos irradia de paz y alegría. Más aún, la Resurrección de Cristo es el fundamento de la fe cristiana, el centro de la predicación y del testimonio de la Iglesia hasta el final de los tiempos. La Pascua es la fiesta principal, la más importante de todo el año, "el fundamento y el núcleo de todo el año litúrgico" (Concilio Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, 106). Como dice San Pablo en su primera carta a los Corintios: “Si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, y vana también la fe de ustedes” (1 Corintios 15:14).
San
José Allamano ofrece varias enseñanzas sobre la Pascua de resurrección del
Señor como fuente de alegría para los creyentes y de forma especial para los
misioneros de la Consolata. La resurrección de Jesús es una fuente inagotable de
alegría y esperanza para los cristianos, pues en la Pascua, celebramos el
triunfo de la vida sobre la muerte y renovamos nuestra fe en el amor de Dios. Por
eso, la Pascua de Jesús es una fiesta porque “Cristo después de resucitar no
muere más porque la muerte ya no tiene poder sobre Él” (Rom 6,9). La
resurrección de Cristo suscita en los cristianos alegría y fervor. Al respecto,
San José Allamano reitera que, “debemos resucitar en el fervor; no solo del
pecado, sino de todas nuestras debilidades. Conservemos siempre el fervor que
sentimos en esta fiesta. (…) ¡No tengan miedo de ser demasiado fervorosos”! (Así los quiero, p. 114). Es decir, la resurrección de Cristo infunde siempre
el ánimo y entusiasmo en el seguimiento de Cristo y en el apostolado misionero.
La
Pascua de resurrección de Cristo es una oportunidad para experimentar el
espíritu de alegría. Desde la celebración de la Vigilia pascual, se canta con
fuerza el aleluya que expresa la alegría de la resurrección. La liturgia de la
resurrección expresa la alegría a través del salmo 117: “Este es el día que
actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo”. Del mismo modo, en el
tiempo pascual se dirige a la virgen María con la expresión de alegría: “Reina
del cielo, alégrate, aleluya”. Todo eso muestra que la Iglesia experimenta el
espíritu de alegría en el tiempo de la Pascua de resurrección de Cristo. Acerca
del espíritu de alegría, san José Allamano aclara lo siguiente: “estemos
siempre alegres, todos los días, todo el año. El Señor quiere que estemos
siempre alegres, incluso mientras dormimos, como los niños que cuando duermen,
tienen una expresión tan bella y sonriente. Con alegría se vive mejor y más perfectamente”
(Así los quiero, p. 115). La alegría es tener el espíritu de ánimo, pues ella
se opone a la tristeza y a la melancolía.
La
alegría de la Pascua debe acompañar siempre a los misioneros. San José Allamano
quiere que los misioneros y misioneras de la Consolata estén llenos de la alegría
evangélica que caracteriza a los consagrados del Señor. Dice al respecto: “Propongámonos
vivir una vida santamente alegre y fervorosa. Una comunidad donde todos
tuvieran este propósito sería un anticipo del paraíso. Debilidades siempre
habrá, pero estamos aquí para aceptarnos, sostenernos y santificarnos…No quiero
que ésta sea la casa de la melancolía, sino de alegría. Los quiero alegres” (Así
los quiero, pp. 114-115).
La
Pascua significa también experimentar la paz del Resucitado. Pues la paz y la
alegría son absolutamente inseparables. Cuando Jesús apareció a los apóstoles después
de la resurrección, lo primero que les deseó fue la paz. La paz es el
fundamento de una sociedad o comunidad alegre. Es imposible que los habitantes
de una sociedad o un país sean alegres sin la paz. Por eso afirma san José
Allamano que “es necesario estar en paz con Dios, cumpliendo su voluntad, en
paz con nosotros mismos, evitando las distracciones, controlando las pasiones y
liberándonos de los deseos inútiles; y en paz con el prójimo, sobre todo
aceptando sus límites y tratando bien a todos. Tambien podemos conservar la paz
en medio de los sacrificios y las dificultades, pero no cuando pecamos” (Así
los quiero, p. 114).
San
José Allamano advierte a los misioneros de la Consolata acerca de los elementos
que pueden obstaculizar que haya alegría en una sociedad o comunidad. Para él
la alegría “no consiste en la disipación, en gritar fuerte, en poner la casa
patas para arriba. Hablar, sonreír, pero sobre todo con moderación, porque la
alegría es una virtud; estén atentos a no salirse de los carriles” (Así los
quiero, p. 116). Asimismo, “la alegría se opone a la tristeza. Es necesario
animarse para que la tristeza no se transforme en desesperación. Cuando se vive
en melancolía ya no se puede hacer el bien. (…) Venzamos la tristeza con la
oración, con el deseo de santificarnos, contentos de nuestro estado actual,
aceptando el bien y el mal de las manos de Dios; y con paciencia, para soportar
las adversidades. Propongámonos vivir una vida santamente alegre y fervorosa” (Así
los quiero, p. 116).
En
conclusión
El
mensaje de Pascua de san José Allamano a los misioneros de la Consolata es contagiarse
de la alegría evangélica: “Los quiero alegres. Hay que estar bien de alma y
cuerpo. Yo deseo que se conserve y crezca cada vez más el espíritu de
tranquilidad, de libertad, de serenidad. Este es el espíritu que yo quiero: ¡siempre
alegría, siempre caras alegres! “(Así los quiero, p. 117). Que la Pascua de resurrección
de nuestro Señor Jesucristo irradie de alegría y paz a las personas en varios
lugares del mundo donde se vive la tristeza de guerras y conflictos.


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