Ssimbwa Lawrence es presbítero misionero de la Consolata; actualmente trabaja en Colombia.  


martes, 14 de abril de 2026

La Semana Santa en Buenaventura: Una ocasión de súplica por la paz.

La Semana Santa es el tiempo por medio del cual los cristianos conmemoran la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo. En Buenaventura, la Semana Santa no fue sólo el cumplimiento de las celebraciones litúrgicas, sino que fue una ocasión para la súplica por la paz y la tranquilidad en el territorio. En este año, la violencia ha vuelto a desatarse más que el año pasado. A raíz de eso, varias familias han sufrido la pesadilla de desplazamiento y la desaparición de sus seres queridos. Por eso, la Semana Santa fue una ocasión de súplica al Señor por la paz debido a las siguientes razones:

La situación de violencia en Buenaventura: La violencia es el desafío más grande que se experimenta en Buenaventura tanto en la zona urbana como en la rural. Se ha hecho varios intentos de la búsqueda de la paz en Buenaventura. Aunque, se haya registrado varios resultados positivos en materia de paz y reconciliación, la violencia todavía sigue reinando en varios barrios y comunas de Buenaventura. Los grandes arquitectos de la violencia en Buenaventura son los grupos al margen de la ley como Shottas, Espartanos, Los Chiquillos, entre otros. Son grupos que se alimentan del microtráfico de drogas y extorsión de comerciantes. Sus actividades delictivas han causado mucho daño a la sociedad en general. Por eso, la Semana Santa fue una ocasión propicia para orar por la paz en Buenaventura y en todo el Pacifico colombiano por el flagelo de violencia que se experimenta fuertemente en varios barrios de la ciudad y comunidades de la zona rural.

La memoria de las víctimas de violencia y desaparecidos: Muchos son las víctimas que la violencia ha dejado en Buenaventura. La violencia ha causado mucho sufrimiento físico y espiritual a las personas y sus familias. Se calcula que no hay ninguna familia en Buenaventura que no tenga una víctima de violencia o no haya sufrido las consecuencias de este problema. El Viernes Santo fue un momento especial para recordar a las víctimas de violencia y a todos los desaparecidos. Son muchas las víctimas de violencia en Buenaventura y en este año se ha registrado el aumento de número de desaparecidos. Varias familias viven el trauma de no saber si están vivos o muertos sus seres queridos. Los familiares de algunos de los desaparecidos no saben dónde están enterrados. El Viernes Santo, sobre todo, durante el Viacrucis y la procesión con el Santo Sepulcro, fueron ocasiones importantes para recordar a las víctimas de violencia perpetuada por los grupos al margen de la ley. Con esperanza en la resurrección de Cristo, las familias encendieron las velas en memoria de todas las víctimas de violencia en Buenaventura.

La Suplica por la paz y reconciliación: El Resucitado es la fuente de esperanza en medio de incertidumbre y desolación, pues con su resurrección Cristo venció al pecado y la muerte. Por eso, los fieles aprovecharon la gracia de Semana Santa para la suplica por la paz y la reconciliación en Buenaventura. En todas las parroquias de la Diócesis, el clamor por la paz se hizo escuchar en las procesiones de Domingo de Ramos, el Viacrucis del Viernes Santo y varios momentos litúrgicos de la Semana Santa. La razón de esto es que la comunidad está viviendo en estado de incertidumbre y miedo, por la violencia que se ha desatado en varios barrios y calles de la ciudad. A través de los mensajes escritos en carteleras y pancartas, y los programas de radios y televisiones, los fieles suplicaron por el cese de violencia en Buenaventura y pidieron a los grupos que provocan la violencia en el territorio abrazar los caminos de paz y reconciliación.

Aporte de la Iglesia a la construcción de paz en Buenaventura

Históricamente, no se puede hablar de la lucha por la paz sin tener en cuenta del papel de la Iglesia en Buenaventura. La Iglesia católica ha jugado un papel importante por la pacificación de Buenaventura y sus pueblos aledaños. Vale la pena destacar el papel de algunos obispos que han pastoreado a la Diócesis de Buenaventura y su entrega por la causa de la paz en este territorio.

La contribución de los obispos a la paz de Buenaventura: Los obispos en Buenaventura han estado siempre al frente de lucha por la paz y reconciliación. Vale destacar el primer obispo, monseñor Gerardo Valencia Cano quien trabajó mucho por la evangelización y promoción humana en Buenaventura y sus pueblos aledaños. Promovió bastante la educación construyendo escuelas para la educación de la población. Fue obispo de Buenaventura de 1953 al 1972. Monseñor Héctor Epalza Quintero es el otro obispo que defendió mucho la dignidad de los habitantes de Buenaventura. Como profeta de la paz, denunció bastante las actividades de narcotráfico, el olvido del estado al pueblo de Buenaventura, la presencia de las casas de pique donde los grupos al margen de la ley picaban a la gente. Él mismo a través de la Doctrina Social de la Iglesia, promovió la defensa del territorio contra las políticas públicas que no respetaban la dignidad de la población. Por su aporte a la paz de Buenaventura es recordado como el obispo del pueblo. Monseñor Ruben Dario Jaramillo Montoya quien hace poco fue trasladado a la Diócesis de Monteria, emprendió el dialogo con los grupos Shottas y Espartanos, dos grupos que promueven en gran parte la violencia en Buenaventura. Con su liderazgo, inició los diálogos con los lideres de esos grupos y de esa manera, se logró reducir muchos homicidios en Buenaventura. Con esos diálogos, la ciudad volvió a tener la tranquilidad que por mucho tiempo no tenía. Asimismo, inició la casa de paz y reconciliación con el fin de seguir promoviendo las actividades en pro de la paz en la zona urbana de Buenaventura. Le dieron el nombre de obispo de la paz por su aporte a la pacificación del territorio. Así que, es imposible hablar de la paz en Buenaventura sin tener en cuenta el aporte de la Iglesia católica.

La Iglesia y promoción humana en Buenaventura: La Iglesia a través de su misión evangelizadora ha anunciado a Jesucristo como fuente de paz y liberación para el pueblo que habita en Buenaventura. Gracias a la misión evangelizadora de la Iglesia, se ha promovido integralmente la educación de los habitantes en Buenaventura a través de la construcción de varias escuelas, tanto en la zona urbana como rural. De hecho, la Iglesia es considerada pionera de la educación en todo el municipio de Buenaventura. Para mejorar la calidad de vida de los adultos mayores, la Iglesia inició los ancianatos especialmente para los ancianos pobres y vulnerables. Con el fin de combatir el hambre, la iglesia a través de la pastoral social inició el Banco de Alimentos Diocesano para surtir alimentos especialmente a las familias pobres. Todos esos programas pastorales, han contribuido enormemente a la promoción del hombre, la defensa de su dignidad y la pacificación del territorio.

Conclusión

La paz es el clamor constante de los habitantes de Buenaventura, pues por mucho tiempo la violencia los ha azotado sin medida. Por eso, en la Semana Santa se oyó con constancia el clamor de los fieles por la paz y la tranquilidad de los barrios que conforman a la ciudad de Buenaventura. Durante el Viacrucis de Viernes Santo varias personas tenían carteleras con oración por la paz de Buenaventura. El mejor tiempo para hacerlo fue la Semana Santa porque Jesucristo es el Principe de la Paz, y su victoria Pascual es la esperanza para los pueblos donde la paz es todavía un sueño para conquistar.

 

 

 


San José Allamano: La Resurrección de Cristo es una fiesta de alegría.

 

En un mundo de hoy lleno de guerras, confrontaciones, polarizaciones, odios y tristezas, la Resurrección de Cristo nos irradia de paz y alegría. Más aún, la Resurrección de Cristo es el fundamento de la fe cristiana, el centro de la predicación y del testimonio de la Iglesia hasta el final de los tiempos. La Pascua es la fiesta principal, la más importante de todo el año, "el fundamento y el núcleo de todo el año litúrgico" (Concilio Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, 106). Como dice San Pablo en su primera carta a los Corintios: “Si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, y vana también la fe de ustedes” (1 Corintios 15:14).

San José Allamano ofrece varias enseñanzas sobre la Pascua de resurrección del Señor como fuente de alegría para los creyentes y de forma especial para los misioneros de la Consolata. La resurrección de Jesús es una fuente inagotable de alegría y esperanza para los cristianos, pues en la Pascua, celebramos el triunfo de la vida sobre la muerte y renovamos nuestra fe en el amor de Dios. Por eso, la Pascua de Jesús es una fiesta porque “Cristo después de resucitar no muere más porque la muerte ya no tiene poder sobre Él” (Rom 6,9). La resurrección de Cristo suscita en los cristianos alegría y fervor. Al respecto, San José Allamano reitera que, “debemos resucitar en el fervor; no solo del pecado, sino de todas nuestras debilidades. Conservemos siempre el fervor que sentimos en esta fiesta. (…) ¡No tengan miedo de ser demasiado fervorosos”!  (Así los quiero, p. 114).  Es decir, la resurrección de Cristo infunde siempre el ánimo y entusiasmo en el seguimiento de Cristo y en el apostolado misionero.

La Pascua de resurrección de Cristo es una oportunidad para experimentar el espíritu de alegría. Desde la celebración de la Vigilia pascual, se canta con fuerza el aleluya que expresa la alegría de la resurrección. La liturgia de la resurrección expresa la alegría a través del salmo 117: “Este es el día que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo”. Del mismo modo, en el tiempo pascual se dirige a la virgen María con la expresión de alegría: “Reina del cielo, alégrate, aleluya”. Todo eso muestra que la Iglesia experimenta el espíritu de alegría en el tiempo de la Pascua de resurrección de Cristo. Acerca del espíritu de alegría, san José Allamano aclara lo siguiente: “estemos siempre alegres, todos los días, todo el año. El Señor quiere que estemos siempre alegres, incluso mientras dormimos, como los niños que cuando duermen, tienen una expresión tan bella y sonriente. Con alegría se vive mejor y más perfectamente” (Así los quiero, p. 115). La alegría es tener el espíritu de ánimo, pues ella se opone a la tristeza y a la melancolía.

La alegría de la Pascua debe acompañar siempre a los misioneros. San José Allamano quiere que los misioneros y misioneras de la Consolata estén llenos de la alegría evangélica que caracteriza a los consagrados del Señor. Dice al respecto: “Propongámonos vivir una vida santamente alegre y fervorosa. Una comunidad donde todos tuvieran este propósito sería un anticipo del paraíso. Debilidades siempre habrá, pero estamos aquí para aceptarnos, sostenernos y santificarnos…No quiero que ésta sea la casa de la melancolía, sino de alegría. Los quiero alegres” (Así los quiero, pp. 114-115).

La Pascua significa también experimentar la paz del Resucitado. Pues la paz y la alegría son absolutamente inseparables. Cuando Jesús apareció a los apóstoles después de la resurrección, lo primero que les deseó fue la paz. La paz es el fundamento de una sociedad o comunidad alegre. Es imposible que los habitantes de una sociedad o un país sean alegres sin la paz. Por eso afirma san José Allamano que “es necesario estar en paz con Dios, cumpliendo su voluntad, en paz con nosotros mismos, evitando las distracciones, controlando las pasiones y liberándonos de los deseos inútiles; y en paz con el prójimo, sobre todo aceptando sus límites y tratando bien a todos. Tambien podemos conservar la paz en medio de los sacrificios y las dificultades, pero no cuando pecamos” (Así los quiero, p. 114).

San José Allamano advierte a los misioneros de la Consolata acerca de los elementos que pueden obstaculizar que haya alegría en una sociedad o comunidad. Para él la alegría “no consiste en la disipación, en gritar fuerte, en poner la casa patas para arriba. Hablar, sonreír, pero sobre todo con moderación, porque la alegría es una virtud; estén atentos a no salirse de los carriles” (Así los quiero, p. 116). Asimismo, “la alegría se opone a la tristeza. Es necesario animarse para que la tristeza no se transforme en desesperación. Cuando se vive en melancolía ya no se puede hacer el bien. (…) Venzamos la tristeza con la oración, con el deseo de santificarnos, contentos de nuestro estado actual, aceptando el bien y el mal de las manos de Dios; y con paciencia, para soportar las adversidades. Propongámonos vivir una vida santamente alegre y fervorosa” (Así los quiero, p. 116).

En conclusión

El mensaje de Pascua de san José Allamano a los misioneros de la Consolata es contagiarse de la alegría evangélica: “Los quiero alegres. Hay que estar bien de alma y cuerpo. Yo deseo que se conserve y crezca cada vez más el espíritu de tranquilidad, de libertad, de serenidad. Este es el espíritu que yo quiero: ¡siempre alegría, siempre caras alegres! “(Así los quiero, p. 117). Que la Pascua de resurrección de nuestro Señor Jesucristo irradie de alegría y paz a las personas en varios lugares del mundo donde se vive la tristeza de guerras y conflictos.  

 

La importancia de la fiesta de la Divina Misericordia.

El primer domingo después de la Pascua, la Iglesia celebra la fiesta de la Divina Misericordia. El Papa san Juan Pablo II, profundamente marcado por la espiritualidad de la Divina Misericordia, instituyó oficialmente esta fiesta en el año 2000, durante la canonización de Santa Faustina Kowalska. En esa ocasión afirmó: “La humanidad no encontrará la paz hasta que no se dirija con confianza a la misericordia divina” (Homilía, 30 de abril de 2000). San Juan Pablo II en su pontificado enfatizó bastante la Divina Misericordia con la Encíclica Dives in misericordia, la canonización de Santa Faustina Kowalska y la institución de la fiesta de la Divina Misericordia en la Octava de Pascua. Asimismo, el pontificado del Papa Francisco fue marcado por la espiritualidad a la Divina Misericordia. De hecho, convocó el Jubileo de la misericordia que comenzó del 8 de diciembre de 2015 hasta el 20 de noviembre de 2016.  A través del año de la Misericordia, el Papa Francisco recordó a la Iglesia Universal y a toda la humanidad sobre la importancia de la misericordia, pues ella es el reflejo de la paternidad de Dios en el mundo. Así que, la devoción a la Divina misericordia es una espiritualidad que marca siempre el camino de la Iglesia y su apostolado entre varios pueblos y culturas.

 La necesidad de la misericordia hoy.

La misericordia tiene su raíz en la Sagrada Escritura. Dios es el misericordioso por excelencia a la humanidad. Cada uno de nosotros es beneficiario de la Divina Misericordia. De igual manera, el ser humano es un reflejo de la misericordia de Dios. Por eso, es muy necesario ser misericordioso en el mundo de hoy. Actualmente, se evidencian con frecuencia las guerras y conflictos en varios lugares del mundo, la crueldad y la indiferencia, los asesinatos, las políticas crueles a los pobres, entre otros. Se ha perdido mucho los valores como la ternura, el amor al prójimo, la paciencia, la tolerancia, el respeto, etc. La cultura del más fuerte contra los débiles y pobres se ve bastante en muchas naciones. Es apremiante la necesidad de volver a la revolución de misericordia como guía en modus operandi de la sociedad humana.

En una entrevista con ACI Prensa, el Papa Francisco afirmó que “es obvio que el mundo de hoy tiene necesidad de misericordia, tiene necesidad de compasión, a través de “partir con”. Estamos habituados a las malas noticias, a las noticias crueles y a las atrocidades más grandes que ofenden el nombre y la vida de Dios. El mundo tiene necesidad de descubrir que Dios es Padre, que tiene misericordia, que la crueldad no es el camino, se cae en la tentación de seguir una línea dura, en la tentación de subrayar solo las normas morales, pero cuánta gente se queda fuera. Por un lado, vemos el tráfico de armas, la producción de armas que matan, el asesinato de inocentes en los modos más crueles posibles, la explotación de personas, menores, niños: se está actuando–si me permite el término– un sacrilegio contra la humanidad, porque el hombre es sagrado, es la imagen del Dios vivo. Entonces el Padre dice: ‘deténganse y vengan a mi’. Esto es lo que yo veo en el mundo” (Palabras del Papa Francisco en la entrevista con Álvaro de Juana, corresponsal de ACI Prensa). Por eso, se necesitan hoy los heraldos de la misericordia que pueden acariciar y abrazar con compasión a las personas afligidas por las realidades dolorosas en su diario vivir.   

La fiesta de la Divina Misericordia nos lleva a instaurar en nuestros ambientes la revolución de la ternura. Dios es tierno con cada uno de nosotros. La ternura y la misericordia son inseparablemente conectadas. La revolución de la ternura es aquella que hoy tenemos que cultivar como fruto de la devoción a la Divina Misericordia. Es importante notar que, la misericordia, si nos referimos a la Biblia, nos hace conocer a un Dios más ‘emotivo’ que aquel que alguna vez imaginamos. La misericordia nos hace descubrir a un Dios que se conmueve y se apasiona por el ser humano y eso hace que podamos cambiar también nuestra actitud hacia los demás. Al descubrir a un Dios misericordioso nos lleva a tener una actitud más tolerante, más paciente, más tierna.

La fiesta de la Divina misericordia nos recuerda la importancia de las obras de misericordia en el seguimiento de Cristo. Las obras de la misericordia son la brújula que guía el día a día del creyente en el seguimiento de Cristo. La vida del creyente debe reflejar la misericordia de Jesús, el Misericordioso por antonomasia. El bautizado debe esforzarse por practicar las obras de misericordia que son acciones que ayudan a nuestro prójimo en sus necesidades tanto corporales como espirituales. Estas obras son fundamentales en la práctica cristiana y se consideran un llamado a la acción para vivir la fe de manera activa y compasiva. Las obras de misericordia corporales se centran en atender las necesidades físicas de las personas. Ellas son: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, dar posada al peregrino, visitar a los enfermos, visitar a los presos y enterrar a los difuntos. Sin embargo, las obras de misericordia espirituales se enfocan en las necesidades emocionales y espirituales de las personas. Ellas son: Enseñar al que no sabe, dar buen consejo al que lo necesita, corregir al que yerra, perdonar las ofensas, consolar al triste, sufrir con paciencia los defectos del prójimo, rezar por los vivos y por los difuntos. Así que, ser misericordioso es una vocación que llama a mostrar la ternura de Dios a los demás.

Es importante notar que la Divina Misericordia invita a los discípulos de Jesús a abrirse al perdón y a la reconciliación. Uno de los atributos de Dios misericordioso es el perdón que le ofrece al ser humano extraviado. No lo condena sino lo restaura con su perdón. Nunca lo rechaza sino lo acoge con brazos abiertos como se muestra en la parábola del hijo prodigo que Jesús nos enseña en el evangelio de san Lucas (Lc 15, 11-32).  Los grandes problemas de cada sociedad humana se giran alrededor de la incapacidad de perdonarse y reconciliarse. Eso ha causado montones de guerras y conflictos eternos en varios lugares del mundo. La fiesta de la Divina Misericordia nos enseña lo esencial de nuestro ser de cristianos: Ser imitadores de Dios misericordioso. Es decir, ser misericordiosos como los es nuestro Dios, ser perdonadores y reconciliadores como lo es nuestro Dios. De esa manera, podremos dar el testimonio de la misericordia a los demás y dar ejemplo de lo que significa ser discípulos de Cristo en el mundo de hoy.

Conclusión

Cada vez que celebramos la fiesta de la Divina Misericordia estamos recordados que la misericordia es la viga maestra que sostiene la vida del ser humano. La misericordia es el rostro paternal de Dios a la humanidad. La Iglesia es misericordiosa tal como lo es su Cabeza, Jesucristo el Señor. En ella siempre se encuentra la misericordia de Dios a través de sus pastores, catequistas, hombres y mujeres consagrados y las varias actividades pastorales por medio de las cuales se muestra la ternura de Dios a las personas afligidas por varias realidades de dolor y sufrimiento.