El papa Juan Pablo II solía decir que “una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no enteramente pensada y fielmente vivida” (Discurso fundacional del Consejo pontificio para la cultura, 1982). La fe y la cultura son realidades inseparables. No se puede separar la una de la otra, y tampoco se puede hablar de la fe sin referirse a la cultura. La relación de ambas está muy viva en el fondo de lo humano. Para entender esa relación, vale la pena aclarar separadamente el significado de esos términos para que, luego se pueda esclarecer la inseparabilidad de ese binomio.
La
cultura
Se suele escuchar a algunas personas utilizando frases
como “en mi cultura hacemos así”, “ésta es mi cultura”, etc. Esas expresiones
hacen entender que no existen personas ni pueblos sin cultura y que la cultura
es lo distintivo de cada ser humano y de cada pueblo. Dicho de otro modo, la
cultura es la identidad de cada persona y de cada pueblo. Sin ella, ninguno
puede identificarse plenamente. La cultura como tal se puede entender de las
siguientes maneras:
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Es el
conjunto de significados que dan sentido a la forma de entender toda la
realidad en la que se inserta.
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Es
el conjunto de sentidos y significaciones que informan la vida de un pueblo.
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Es
el sistema de creencias, valores, costumbres, conductas y artefactos compartidos,
que los miembros de una sociedad usan en interacción entre ellos mismos y con
su mundo. Estos componentes se transmiten de una generación a otra través del
aprendizaje.
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En
sentido general, la cultura es “todo aquello con lo que el hombre afina y
desarrolla sus innumerables cualidades espirituales y corporales; procura
someter el mismo orbe terrestre con su conocimiento y trabajo; hace más humana
la vida social, tanto en la familia como en la sociedad civil, mediante el
progreso de las costumbres e instituciones; finalmente, a través del tiempo,
expresa, comunica y conserva en sus obras, las grandes experiencias y
aspiraciones espirituales para que sirvan de provecho a muchos, e incluso a
todo el género humano" (Gaudium Et Spes, numero 53).
Eso nos hace entender que no se puede ocultar la
cultura ya que ella es expresada a través del diario vivir de los pueblos. Ella
sale a flote en las costumbres diarias de la gente, en su cosmovisión e
idiosincrasia. Así que, cuando un pueblo pierde su cultura, pierde tambien su identidad.
LA FE
En la celebración eucarística (en el caso de los católicos),
se entona con frecuencia el canto que dice “yo tengo fe que todo cambiará”. Tambien
decimos o escuchamos a otros diciendo “ese señor o esa señora tiene mucha fe”.
Inclusive cada domingo y en otras fiestas solemnes de la iglesia profesamos
nuestra fe y luego afirmamos: “ésta es nuestra fe, ésta es la fe de la
iglesia”. La Sagrada Escritura tambien recalca la importancia de la fe, sobre
todo, la carta a los Hebreos al decir que “el
justo por su fe vivirá” (Heb 2:4). Jesucristo afirma lo mismo: "si
tuvieran fe como un grano de mostaza moverían montañas (Mat17:20). Pero ¿qué
se entiende por la fe? La podemos definir de la siguiente forma:
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Según el Catecismo de la iglesia católica, la fe es
una adhesión personal del hombre entero a Dios que se revela. Comprende una
adhesión de la inteligencia y de la voluntad a la Revelación que Dios ha hecho
de sí mismo mediante sus obras y sus palabras (Catecismo, no. 176).
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La fe, es un don sobrenatural por el que creemos en Dios y en todo lo
que Él nos ha dicho y revelado y que la Iglesia nos propone, porque Él es la
verdad misma. Es decir, es la virtud sobrenatural por la que creemos ser
verdadero todo lo que Dios ha revelado. Es imposible que sin la fe, se pueda tener
un contacto íntimo con Dios.
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Por la fe el hombre se entrega libremente a Dios y por ella se esfuerza
por conocer y hacer la voluntad de Dios. Por eso, la fe es el fundamento de la
vida moral (Catecismo, No. 2087).
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La fe es un requisito fundamental para alcanzar la salvación. Todo el
que cree en Cristo se salvará: “El que crea y sea bautizado será salvo; pero el que no
crea será condenado (Mc.
16,16).
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La fe no es un simple sentimiento de la presencia de Dios en la vida
sino fiarse de Dios, confiar en Él. No tiene como fin primario capacitar al
hombre para su tarea en este mundo, sino iniciarle a la vida divina que sólo
alcanzará su perfección en la vida eterna.
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La fe es adhesión de la inteligencia a la palabra de Cristo (Evangelio)
y entrega confiada a Él de toda la persona.
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La fe es un don sobrenatural de Dios. Para creer,
el hombre necesita los auxilios interiores del Espíritu Santo (Catecismo, no.
179).
La
relación entre la fe y la cultura
La fe y la cultura constituyen un binomio que no se puede
separar. Es importante notar que, quienes creen son, inseparablemente seres culturales. Así los símbolos,
narraciones y doctrinas en los que se expresa lo religioso son expresiones de
las culturas.
Es absolutamente
imposible que no haya una relación mutua entre la fe y la cultura. Pues la
cultura es la pista de aterrizaje de la fe. La fe se expresa mediante la
cultura y todos sus elementos culturales, de tal manera que la vivencia de la
fe se da gracias a la cultura, pero sin llegar a reducirse a ella.
La fe debe encarnarse, integrarse en todas las
culturas porque ella se manifiesta en la vida asumiendo las formas de la
cultura. Toda fe se expresa según la cultura del pueblo que la vive. La persona
de fe siempre la expresa dentro de los parámetros de su cultura.
La fe promueve la cultura porque ejerce una función
crítica respecto de las zonas oscuras de las culturas, porque el anuncio
que el creyente lleva al mundo y a las culturas es una forma real de liberación
de los desórdenes introducidos por el pecado y, al mismo tiempo, una llamada a
la verdad plena.
Además, la fe lleva una impronta cultural, pues se
expresa y se vive culturalmente. Al respecto, dijo el papa Juan Pablo II en la
Enciclica Fides et Ratio (relaciones entre fe y razón) numero 70: “Las
culturas, cuando están profundamente enraizadas en lo humano, llevan consigo el
testimonio de la apertura típica del hombre a lo universal y a la
trascendencia... ofrecen modos diversos de acercamiento a la verdad, que son de
indudable utilidad para el hombre, al que sugieren valores capaces de hacer
cada vez más humana su existencia... Como las culturas evocan los valores de
las tradiciones antiguas, llevan consigo —aunque de manera implícita, pero no
por ello menos real— la referencia a... Dios en la naturaleza”.
Y de las culturas recibe la fe valores que pueden
considerarse una auténtica ayuda para comprender y desarrollar el potencial y
exigencias del creer. Entre ambas, fe y cultura, hay interacción e intercambio,
aunque la una sea irreductible a la otra: “una cultura no puede ser
criterio de juicio y menos aún criterio último de verdad en relación con la
revelación de Dios, se advierte; pero se señala también que el evangelio no es
contrario a una u otra cultura como si, entrando en contacto con ella, quisiera
privarla de lo que le pertenece obligándola a asumir formas extrínsecas no
conformes a la misma” (Fides et Ratio, no. 71).
En resumen, siempre hay una relación entre la fe y la
cultura, pues la cultura necesita de la fe, don de Dios que constituye una
comunidad cristiana y la fe necesita de la cultura para tomar cuerpo concreto.
Para ello, es importante recordar las palabras sabias del papa san Juan Pablo
II: “la fe que no se hace cultura es una fe no plenamente recibida, no
enteramente pensada, no fielmente vivida”. Por lo tanto, la fe y la cultura
constituyen la base imprescindible de la inculturación del evangelio y todo el
proceso eclesial de la evangelización.